A menudo inventamos mentiras afectuosas por cariño a alguien. Kiita, de catorce años, ha crecido entre ellas, viviendo a solas con su madre ciega, Hanae. Cuando empieza a cambiarle la voz, el muchacho decide aventurarse por su cuenta más allá de la cerca y, en los callejones de Tokio, se enfrenta a hechos muy distintos de lo que conocía. Sin embargo, así como la verdad tiene múltiples caras, también las tiene su contrario: Kiita descubre que las mentiras que han protegido su mundo tienen otras facetas y poco a poco las acepta. Como su título original, en el que se cruzan los sentidos de comienzo y despedida, la película afirma que crecer consiste precisamente en despedirse de un mundo familiar y, al mismo tiempo, reencontrarse con él de una nueva manera. Las canciones y las interpretaciones musicales que teñían las escenas, junto con los paisajes del pueblo costero, van adquiriendo así una expresión diferente. Es el debut en el largometraje de Ryohei Kumamoto, que retrata con una mirada cálida los dolores del crecimiento de un muchacho.