Basada en un hecho real ocurrido en Tokio en 1988, la cuarta película de Hirokazu Koreeda retrata con delicadeza la vida cotidiana de cuatro hermanos que viven entre la negligencia de sus padres y la indiferencia social. El director rodó durante más de un año, explicando únicamente las situaciones a los actores infantiles, sin darles un guion, y esperando a que sus emociones se correspondieran con el curso del relato. Yuya Yagira interpreta a Akira, un niño cabeza de familia que debe cuidar de sus hermanos menores cuando él mismo todavía es un niño, y, pese a carecer por completo de experiencia como actor, expresa de manera convincente el complejo mundo interior del personaje mediante gestos y expresiones naturales. Su interpretación alcanza su punto culminante especialmente en la escena de la segunda mitad en la que va a enterrar el cadáver de uno de sus hermanos menores. En ese momento en que se entrecruzan la soledad, la responsabilidad y la impotencia, Yuya condensa emociones indecibles a través de su mirada perdida, su expresión rígida, sus pasos lentos y su silencio, y conmueve lo más profundo del corazón del público. Por esta película se convirtió en el ganador más joven del premio al mejor actor del Festival de Cannes.